estaba a punto de atravesar el anuncio y dejar mi vida atrás, estaba dispuesta y segura, pensaba que el mundo Marlboro, el mundo del sabor, era un mundo para alguien como yo, un mundo de ficción dónde mis pensamientos cobrarían coherencia. Yo nunca encajé bien en la realidad; la analizaba como se analiza a un bicho raro, la levantaba con una ramita, le separaba las patas, acercaba mis ojos a sus grandes ojos redondos y lo único que veía reflejado en esos ojos era una vez más: esa realidad repetida hasta el infinito irremediablemente, salvo algunas variaciones toda la vista era igual, ¿quién querría vivir en un mundo de repeticiones eternas?, yo no.
Yo prefería la ficción ese crayón que en mi mano hacia dibujos y garabatos sobre la pared por aberrantes que resultaran para mi tenían sentido, como tenía sentido el anuncio de Marlboro, el vaquero, como tenía sentido atravesar un anuncio publicitario y acceder a otra realidad montada en un caballo. Pero el caballo…