eso sentía porque había recorrido lo que me parecieron kilómetros, ahora no sé si lo hice pues no hay evidencia, aún así no quería regresar, regresar ¿a qué? al café a seguir escuchando a los viajeros con sus historias, si al menos pudiese al hacerlo un intercambio de lugar y la situación y ser yo la protagonista de alguna buena historia, de la historia del anuncio, del vaquero, de su mundo, pero no tenía un sólo elemento para comprobarla y nadie me creería. Entonces me pregunté: ¿acaso yo debo creer todo lo que ellos narran?
El vaquero parecía verosímil cuando me hablaba y yo le creía. Me di cuenta que la realidad es una creencia, y yo le otorgaba ese beneficio casi a cualquiera…