las emociones que el vaquero y su vida provocaban en mí eran tan intensas que a veces creí que era parte de él y de su historia, él hablaba en ocasiones desde el interior de si mismo y todo era entonces tan cercano que nos fundíamos en una sola mente, pero siempre que despertaba aquellas mañanas en el desierto me daba cuenta que él iba kilómetros avanzados de ahí, de dónde partían aquellas pláticas.
Aprendí que la distancia era relativa y que con una palabra podía traerme desde cualquier parte del mundo.